Con todo esto que os he contado sobre la jornada valores, decidí hacerme socia del Circulo Escéptico. Hace mucho que sigo a la gente de la ARP-SAPC y del Círculo Escéptico (sin ser consciente en realidad de quién es de qué asociación), disfruto con algún Escépticos en el Pub, leo a ¡Vaya timo!, disfruto del programa vasco Escepticos EITB… Y es que siempre he tenido claro que los profesores de ciencias y las asociaciones de escépticos estamos todos en el mismo barco: tenemos como objetivo común despertar el pensamiento crítico. Un escéptico (del griego skeptikós) es una persona partidaria del análisis y la observación. Lo contrario de ser escéptico es ser crédulo: aceptar como ciertas afirmaciones extraordinarias sin analizar antes su consistencia.
Lo suyo sería que cada docente hiciera su propia declaración de Ginebra, un Juramento de Ética Profesional como el que elaborarán en educar21.es. Pero en este artículo yo voy más allá: planteo que todo profesor de ciencias debe ser escéptico, y si no, como diría @peralias, mejor dedicarse a otra cosa. ¿Por qué? Pues porque cuando enseñamos, comunicamos muchos mensajes, y los que más llegan a nuestros alumnos son aquellos que no decimos: con nuestra actitud, con nuestras acciones, con el tipo de actividades que proponemos en el aula… el mensaje que transmitimos a nuestros alumnos somos nosotros mismos. Si no nos creemos nuestro mensaje, si no nos apasiona la ciencia y la investigación (y la docencia), no vamos a conseguir otra cosa que mucha frustración: la nuestra y la de nuestros alumnos. En ese caso, sobre todo por ellos, por la sociedad de hoy y del mañana, no deberíamos dedicarnos a dar clases de ciencias.
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